miércoles, septiembre 26
Del sindrome de Venezuela.
domingo, marzo 18
De la felicidad y los trastornos desadaptativos.

Siempre he rechazado la conceptualización colectiva del término felicidad como un estado que alcanzamos cada cierto tiempo y cuya duración tiene fecha de vencimiento. Mi teoría se centra en la lucha constante por lograr lo que nos proponemos, esa necesidad de un “algo” y el esfuerzo que concentramos en alcanzarlo es lo que yo denomino felicidad. Exclamar frases como “hasta que no lo alcance, no seré feliz” no es más que una mala costumbre bien arraigada, que nos forja a ignorar el hecho de ser felices solo emprendiendo un viaje cuyo destino final es nuestro objetivo inicial.
Por tanto, si las personas creen que la felicidad es un momentico y ya, me pregunto ¿nuestro día a día es entonces un estado de infelicidad crónica? Seria esto injusto con la vida, incluso cuando ella a veces no es tan justa con nosotros. La plenitud total es lo que sobreviene a resistir las turbulentas tormentas y vencer todos los obstáculos que te separaban de tu tan anhelada meta, y aunque su duración es limitada, representa el final de un ciclo pero muy bien, el inicio de otro.
La infelicidad no se produce por las dificultades propias del viaje, ya que estas las tanteamos una vez que trazamos el camino a transitar hacia nuestro objetivo. Por ende, la infelicidad no es el producto de algo estático y previsible, pero si de algo que surge sorpresivamente en contra tuya y de nadie más, un generador de sufrimiento personalizado que no te plantea un reto –como lo haría el obstáculo-, pero si daña esmeradamente tu frágil alma, tus sentimientos puros y tus sueños inocentes. Es decir, la infelicidad no es producto de un algo que te impide seguir, es resultado de un alguien que te lesiona para que no sigas.
Hace casi un año mi travesía = felicidad en búsqueda de la plenitud total, se tornó oscura y fea, idéntica a aquel dibujo que mostró la psicólogo en una clase de psicología médica, y cuyo análisis personal me convirtió en la deprimida-suicida del salón. Un camino oscuro y solitario, con un monstruo escondido que conoce tus pasos y, situaciones terribles, espeluznantes e hirientes. Y así fue mí recorrido durante algunos meses, hasta que un buen día todo empezó a iluminarse, todo excepto esos rastros de oscuridad y amenaza constantes dentro de mi alma.
Recientemente leía uno de los libros que tanto me encanta revisar –el DSM IV- y encontré un trastorno que no conocía profundamente –al menos en teoría- denominado trastorno desadaptativo. Coincidiendo con sus criterios, me autodiagnostiqué. En el trastorno desadaptativo ocurre la aparición de síntomas emocionales o comportamentales como respuesta ante la presencia de un estresante, siendo el malestar producido, mayor al esperable, deteriorando la actividad social/académica/etc. Los síntomas pueden ser depresivos, ansiosos, o mixtos, yo presento uno mixto.
Lo bueno de los trastornos desadaptativos es no se escuchan voces que te dicen “matate” o deliras que todos conspiran en tu contra, tampoco se deteriora el cerebro ni pierdes muchas capacidades mentales. Se supone que una vez aplacado el factor estresante, tu vida vuelve a la normalidad en 3, 2, 1. Y lo certifico, una vez que controlas los factores desestabilizantes y tu refugio es reconstruido, vuelves a ser una persona más o menos normal y homeostática, con fe en el futuro y confianza en que no pasaras por eso de nuevo.
Hasta que, como yo, pasas por algo similar de nuevo, tu vida se desestructura de nuevo y la desesperanza predomina en mis días… de nuevo.
domingo, noviembre 20
De El Sindrome de Desconexión Sentido Común-Lengua
Díganme muchachos, ¿cómo se produce leche en las mujeres?Preguntó la doctora. Para los que ya hemos visto gineco-obstetricia la respuesta era sencilla: prolactina e hipófisis. Clásicamente el estimulo que crea el bebé al succionar el pezón y los tumores hipofisarios producen galactorrea, como bien lo explicó mujer morisqueta.
Muy bien, ¿de qué otra manera se puede producir leche?
Bueno doctora, cuando a mí, bueno, cuando a una le succionan los pechos durante la relación sexual sale leche… es decir bueno yo he visto, bueno, he leído, es decir…
¡¿Cómo?! ¡¿A ti te sale leche en cada relación sexual?! ¡¿Cuántas veces al día tienes sexo?! ¡¡Mínimo 5 veces y con succiones bien fuertes!!
jueves, septiembre 22
De que simplemente no te quiere.
¿Será que le envió un mensaje? ¿Qué piensas tú? Voy a enviarle un mensaje y si responde le digo para llamarla…
Y efectivamente, luego de usar mi poker-actitud de psiquiatra en formación y decirle eres tú quien debe hacer lo que creas conveniente, decidió enviarle un mensaje de texto a la mujer que desata sus peores crisis existenciales –otra vez. Ella, con su poker-actitud de mujer black widow, respondió distante al mensaje desesperado que él le había enviado, estableciendo una pobre interacción que fue suficiente para armarlo de valor y proponer darle un ring. Ella prometió avisarle, sin embargo nunca cumplió.
A través de esa historia, cuyo parecido con la realidad es pura coincidencia, entendí que los seres humanos nos esforzamos por hacer de nuestras vidas un deja vu eterno, eso de tropezarnos con la misma piedra dos veces –y 3,4,5,6 +oo veces- es algo inevitable para nosotros por la única razón de que nos fascina revivir nuestros errores.
Y es que cuando de amor se trata, la carga hormonal y las sinapsis aceleradas de nuestro sistema límbico nos convierten en verdaderos tarados. Tal como dice el mito de que la virgen pasa un manto sobre la mujer que ha parido para que olvide el dolor y quiera embarazarse de nuevo, Cupido pasa su pañal para que las personas olviden el desafortunado enamoramiento y se enamoren de nuevo. Debe ser la shit del pañal el secreto tras la amnesia retrograda que surge luego de cualquier amarga experiencia amorosa... así como en una película que vi hace unos días.
A primera vista, el poster de “Simplemente no te quiere” es desalentador, cuando muchas estrellas se reúnen para filmar una película el resultado es equivalente a un desastre de proporciones épicas. Sin importar esa aseveración cinematográfica, mi naturaleza cinéfila decidió darle una oportunidad a la historia de dos –MUY LARGAS- horas y diez minutos de duración.
Esencialmente la trama está enfocada en 3 relaciones de pareja –una más decadente que la anterior- cuyos personajes se interconectan los unos con los otros siguiendo una enredada regla de los 6 grados de separación. Así nos mezclamos con un matrimonio “perfecto” hasta que la naturaleza mitómana del esposo se cruza con una perra del infierno; a los concubinos imperfectos que experimentan la presión de las nupcias –la falta de- y por último, con la eterna rechazada-desesperada.
Ese último concepto es mí preferido, la mujer –en la vida real también puede ser hombre- que persigue a una persona simplemente por alguna palabra bonita que llene de esperanza –erróneamente- su corazón. Esa que se aferra a vínculos débiles y exagera hasta el mínimo gesto de cariño. Es ahí cuando aparece mi personaje preferido Alex, cuya carencia de escrúpulos y sutilezas deja claro que: si no te llama, si no te busca, si no te habla, si desaparece, si te deja esperando, SIMPLEMENTE NO TE QUIERE…
Parece sencillo de entender, no obstante, mis estudios de campo demuestran que la gente rechaza tal afirmación. Por esta razón he decidido que mi trabajo investigativo final para obtener el título de doctora en neurociencias de la universidad de Harvard –pienso en grande- tendrá como título:
¿Por qué el ser humano se resiste cuando SIMPLEMENTE NO LO QUIEREN?
jueves, septiembre 1
De los miserables...
A medida que transcurres entre los caminos borrascosos de la vida y encuentras en el recorrido cualquier número de seres humanos con los cuales inevitablemente interactúas, notas la facilidad con la que cada uno de ellos logra adaptar una simple palabra a gran variedad de situaciones. Ejemplos:
¡Hay que ser bien miserable…! ¡Miserable hijo de p…! ¡Pobre, que miserable su vida…!
Miserable, palabra protagónica común en las tres expresiones; esta versatilidad para aplicarse a diferentes frases radica en su condición polisémica, definiéndose miserable como: persona pobre y necesitada de ayuda económica; individuo que intenta gastar menos de lo que podrían permitirse; e incluso, persona despreciable, que realiza actos perversos.
No obstante, en este post no hablaremos de lingüística ni lenguaje; hoy, a través de un caso que les he preparado, exploraremos los miserables de la vida real, esos que contrastan con los miserables de Víctor Hugo y que nos demuestran como la ficción anda en pañales mientras la realidad ya tiene bastón…
Caso: familia adinerada con un hijo a quien llamaremos –para mantener anónima la identidad de todos- Policarpio. Policarpio, rico de cuna y ególatra consumado, pasa sus días quejándose del mundo en que habita, del aire que respira y de la incomprensión “incomprensible” que debe soportar de las personas que lo rodean. Policarpio se lamenta con infortunados de cómo sus padres ignoran más que sus caprichos, reales necesidades.
Desde hace días tenia atragantada cual hueso de pollo en garganta, esta historia cuyo parecido con la realidad NO es coincidencia. Pensé que la tendencia de padres retrógrados y autoritarios había pasado de moda, pero ya veo que me he equivocado de nuevo… luego de internalizar el caso planteado anteriormente, empezaron mis interrogantes: ¿Cómo se puede ser tan miserable en la vida? ¿Cómo se puede ignorar con tanta facilidad el rol de padres? ¿Cómo se puede ser tan tacaño para negarle agasajos y comodidades a un hijo valioso?
¡QUE MISERABLES!
Frase despectiva que utilizan mis padres para catalogar a los tacaños… y es que precisamente, bien mezquino hay que ser para ver como tu hijo pasa una necesidad y tu no la solventas por gusto y gana. Señores, seamos claros, el dinero no es para tenerlo de adorno, el dinero es para comprar adornos, solventar necesidades y adquirir comodidades, porque como bien mi mamá
En la urna no te vas a llevar nada…

