lunes, septiembre 28

De Arenas.

Dicen que la lengua es el castigo del cuerpo... y yo ya perdí la cuenta de todas las veces en las que ese conglomerado muscular libre de piercings –por los momentos- le ha dado unos buenos latigazos al mío. “Mírala, luego de decir que más nunca volvía a Cumanacoa, llega el fin de semana y viaja para allá”, dijo mi mamá desconociendo que yo a lo lejos la escuchaba. Tenía razón, pero ¿qué se puede hacer cuando (re)conoces a una persona con quien te sientes alegre y cómoda día tras día y por cuya compañía perseguirías hasta el fin del mundo?

NADA, no se puede hacer nada más que perseguir la posibilidad de dar y recibir amor así ese "fin del mundo" se llame Arenas y este situado a 45 minutos de Cumaná. Es curioso que su fachada siempre llamo mi atención en los interminables viajes -por motivo de trabajo, especifíquese artículo 8- a Cumanacoa: en la ida el CDI, la bomba y la plaza eran el punto de referencia para terminar de maquillarme y empezar a prepararme psicológicamente para la faena hospitalaria del día. En la vuelta el -forever mismo- camión mal estacionado que producía el -forever mismo- ridículo embotellamiento me permitía detallar la perturbadora cúpula de la iglesia con tres palomas posando sobre ella. En más de una ocasión -una que otra inspirada por mi infinita curiosidad antropológica, otras por mis ínfulas de citadina- me pregunté ¿Cómo será vivir en una de esas casas?


Precisamente por eso -por lo de perseguir el amor, no por la curiosidad antropológica- cuando avisté aquel vestido aguamarina no dudé en comprarlo. Primero se endulzaba todo el océano del planeta antes de faltar a la fiesta de Dianita, su sobrina, a celebrarse por supuesto en Arenas, el pequeño Stars Hollow -escenario donde transcurre otro de mis objetos de culto, Gilmore Girls- de la geografía sucrense. No exagero al plantear esta comparación: la vida en Arenas transcurre en un escenario donde la plaza es epicentro de los encuentros fortuitos entre personajes como Miss Patty, Babette, La sra. Kim y Tylor y de la amplia variedad de festivales que ahí se celebran, tan peculiares como la subasta anual de cestas de picnic o el maratón de baile.

En cada una de mis visitas he tenido la dicha de vivirlo en carne propia. De caminar sus contadas calles, de conocer sus establecimientos icónicos, perderme entre las personas –con mi mejor (des)peinado y atuendo de (indi)gente- y sumergirme en sus tradiciones. Todo esto con el bonus de los mordaces comentarios del mejor guía turístico que pude encontrar. En este orden de ideas nunca olvidaré la celebración del día del niño cuando llenaron la plaza de piscinas inflables ni el día que caminamos –cual juancito trucupey- ebrios por la plaza o de aquella vez cuando nos tropezamos la señora que habla en español a pesar de su innegable raíz criolla. “Esa es la discoteca con piscina… la casa parroquial… la casa de la loca *inserte aquí no sé qué cosa*… mi casa… la casa de Cruz Carmen… la licorería de mis tíos/ptimos…” y así otras etiquetas encantadoras.

Todo pasa bajo un cielo encapotado que precede a rápidas tempestades en las tardes y espesas neblinas por la mañana. De realismo mágico lo catalogo, el cual persiste en su casa donde un árbol de taparas adorna el patio desde el cual puedes visualizar montañas y escuchar el adorable –que me recordó tiempos mejores de mi casa- cantar de los sapitos. Con varias mecedoras donde escuchas toda clase de historias, miras los primeros pasos de una bebé y sientes el calor de una familia que se siente a desayunar junta. Elementos mágicos que son percibidos por todos como parte de la normalidad, como por ejemplo…

“Santo, santo, santo es el señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra, de tu gloria, ¡Hosanna!”

No modifico con frecuencia el sonido del despertador –por no decir nunca. No me parece inteligente relacionar el desdichado momento de despertar obligado por una música o tono diferente, digamos, cada cierto número de semanas. Menos inteligente si se trata de una canción que nos guste porque créanme que pasarán muchos años antes de reconciliarse con la misma. A pesar de esto he pasado por “en un racimo e’ banana yo dormía tranquilita” que cantaba mi mamá durante toda mi educación primaria, The Imperial March en la universidad y Rolling Tone ahora de residente de pediatría. Lo que no imaginé fue despertar con ese cántico católico cada domingo a las 8:00 am… en Arenas. Seguido de:

“Te voy a matar… cállate… te odio”

Que entra por la ventana cada cierto número de veces al día, exclamados por la mejor vecina desquiciada que se puede tener en la vida.

Quizás son las personas que me han recibido con tanto cariño y simpatía. Los momentos tan sublimes vividos en la casa –con piscina y rio- escondida en Rio Caribe, a la que llegamos montados en la parte trasera de un camión con un cielo estrellado sobre nosotros que me hizo sentir como Sam en alguna escena de Las Ventajas De Ser Invisible. Las huidas rápidas cuando un tiroteo está por comenzar. Tate tiene razón. El pescado con arepa y ensalada las mañanas de domingo…

O simplemente, vivir todo eso a su lado es lo que alimenta mi deseo de volver recurrentemente a Arenas

A eso probablemente amor, le llaman.

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