domingo, marzo 22

De nadaré hasta llegar.

De repente el neonato empezó a sangrar. Todo el día se había mantenido estable… hasta que cayó la noche –cuando los especialistas no contestan teléfono ni salen de sus casas. La hematemesis era imparable. ¿Quizás suene a locura… pero por qué no realizamos un lavado gástrico con adrenalina? Pregunté sin obtener una respuesta concreta. Sucede con frecuencia. Tanto la preferencia de los niños por descompensarse de noche, para muestra un lactante con edema pulmonar… como mis sugerencias de R1, ¿Por qué no le ponemos más furosemida? Está manejando buena tensión arterial y esa disnea no va a mejorar con otra cosa… totalmente ignoradas.

Me pregunto con frecuencia cómo lograré convertirme en pediatra. Especialmente hoy, este domingo desde donde avisto una semana laboral que iniciará mañana y finalizará el viernes… de la próxima semana. Sí, es difícil escapar de la ansiedad que ese hecho promueve, multiplicándose al infinito cuando recuerdo que formo parte de un postgrado cuya duración es 3 años con más de doscientas guardias en su haber.

Fue por esto que poco antes de iniciar mi postgrado, recordando los muchos mitos urbanos que escuché durante mi pregrado, inicié el proyecto “abrázate a tu condición de R1” en el cual aceptaba todo lo que implicaría esta nueva etapa de mi vida académica-profesional: mal dormir, mal comer, mal descansar, mal peinarse, mal horario, maltrato… en resumen, mal existir. Parecerme más a una comida fea y rancia que a un ser humano: grasosa como pastelito, oliendo a empanada y arrugándome cual pasa. Pero por sobre todo esto, asimilar que el “no sé” será el himno oficial del estatus “pediatra en formación”.

Entonces, han pasado varias semanas desde que comencé mi residencia en Pediatría y Puericultura. A lo largo de ellas he aprendido a vivir con esa desagradable viscosidad que cubre tu cuerpo tras 30 horas de trabajo continuo. También, a falta de agua –en un hospital que atiende los residentes de TODO un estado- he adquirido +20 de habilidad en asearme con toallitas húmedas y solución 0.9%. Y no menos importante, mi esfínter vesical ha ganado la mención honorifica en vencer el pánico escénico de orinar en el –HORROROSO- baño de residentes.

Sin embargo, el sentimiento de inutilidad, impericia e ignorancia pediátrica es algo que ni se manejar ni he logrado aminorar pese a mis esfuerzos, interpretando con frecuencia a un Joey Tribbiani femenino y puericultor: yo siguiendo la corriente a muchas personas que aparentan manejar con fluidez habilidades e información que absolutamente desconozco. Es por igual incómodo y desesperanzador, al punto de que se haya vuelto rutina sentir esta abrupta nausea existencial que de vez en cuando se refleja en lágrimas de sincera desesperación. No sé cómo podré con este postgrado, le confesé a mi mamá quien en pocas palabras me respondió:

Pudiendo, como con todo…

Poco creible cara de las 2:00 AM
Marzo me ha repetido incesantemente lo mismo: ten fe en ti misma. En tu infinita precaución al redactar ordenes médicas. En la paciencia para interrogar a la más descuidada madre. En tu buen humor incluso durante las situaciones más críticas. En tu decisión médica a la hora de hospitalizar. En tu sentido común que da brillantes ideas como la adrenalina –corroborada por mi R3 de guardia y posteriormente por varios estudios investigativos. En tus conocimientos, quizás no muy amplios pero si en crecimiento constante, bien consolidados como la furosemida que la intensivista si usó en grandes dosis. En tu cariño hacia los pacienticos. En tus lucha por ser diferente. En tu habilidad de no ver neumonía en el lóbulo de Totem. En tu principio de hacer lo mejor por el paciente, incluso si debes correr el riesgo de que un superior te regañe, tendrás la seguridad de haber hecho lo correcto. En tu fuerza de voluntad. En todo lo que estas capacitada para lograr.

Frecuentemente me repito que el tiempo pasa rápido. Que en un parpadear habré superado todos los semestrales y seminarios generales, presentaré mi trabajo investigativo y estaré llenando solicitudes para iniciar mi segunda especialidad que hasta los momentos –y desde hace un buen rato- promete ser hematología… y si la vida, el calentamiento global, el inepto de Maduro, mis antecedentes familiares de Alzheimer y el telisto de durazno me lo permiten, posteriormente obtener el título de la tercera especialidad, oncología.



Me pregunto con frecuencia cómo lograré convertirme en pediatra... supongo que de la misma manera que me convertí en médico... nadando hasta llegar.

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