domingo, septiembre 14

De eternal sunshine of the spotless mind: Clementine part.



No sucedió como lo había previsto. Todo fue peor, cruel y humillante. Tampoco pretendí escapar del karma, sabía que pasaría a visitarme, solo que no tan pronto ni tomando la forma de wircha, de negra lava’ con pelo malo, cejas de prostíbulo y sonrisa chueca. Un mediodía de miércoles los vi por primera vez juntos. Ya el rumor había llegado a mis oídos, aunque no representó sorpresa alguna. No luego de escuchar sus “le dije a Yuvirixaida para vivir en concubinato” y “hoy Yuvirixaida es la reina, no hace nada” cuando todavía estábamos juntos. En cada ocasión sonreí con amabilidad, escondiendo el aborrecimiento, evitando la histeria femenina. Caminaban uno al lado del otro en dirección a la entrada, donde yo por gracia del destino estaba parada. Entonces tomé dos decisiones inteligentes: darles la espalda y no volver a derramar una lágrima más por esa miserable situación.

Apenas entré a su habitación, ella estaba acostada sobre su cama. Su mirada se encontraba perdida en el pseudocielo azul donde solía perderse la mía. Mi saludo fue esquivo, quizás rayando en la repulsión que desató mi mal presentimiento. Caminé hasta el balcón buscando entre el resto de los presentes alguna conversación que funcionara de distractor. No la encontré. Mi condición de sobrante era innegable. Eran las 10 de la noche cuando derrotada me fui del lugar, pensando que entre los hilos de esas sabanas aún quedaba una sustancia compuesta por nosotros dos. 

Los acontecimientos de esos días me sumieron en una especie de distimia incómoda. Prefería dormir, incluso corriendo el riesgo de que mi sueño protagónico junto a él se convirtiera en una pesadilla si aparecía ella, aquello era moderadamente más benigno que la realidad sobrevenida con cada amanecer. Mi desesperanza, desesperación y depresión se exacerbaba con cualquier insignificancia; cuando alguien me preguntaba por él y no sabía que responder o transitaba por algún rincón donde habíamos estado juntos los dos. Todo y nada me recordaba que había sido abandonada. De nuevo, repasaba cada palabra, acción y situación; las evidencias sobraban, mis sospechas eran verdaderas.
El dolor se volvió insoportable, resistente a la morfina, angustiante. Deseé poder resolverlo todo al mejor estilo de Clementine, impulsivamente borrarlo de mi mente, de mi vida, pues los recuerdos de unos días mejores me hostigaban hasta romper en llanto y la certeza de que estaba con alguien más –ella específicamente-, creando una nueva historia, me atormentaba hasta el punto de los escalofríos, la inapetencia, la taquicardia, las náuseas. Resolví reprimir. Todo lo relacionado a él lo engaveté, oculté, ignoré. Desconecté el Wi-fi de mi teléfono. Me aferré a mis amigos y su terapia de aversión: “es un coñito e’ madre”, “estoy arrecho de que sufras por ese mam”, “Amiga es que lo odio, no lo soporto”. Me concentré en satisfacer mi superficialidad a través de compras innecesarias y gula placentera. Esto quizás hubiese funcionado de no ser residente en un pueblo pequeño, infierno grande.

“… Enfrentando día a día esta ciudad con el pánico infantil de encontrarte a la vuelta de la esquina, de tropezarme contigo hecha puente, letrero, campo de flores, iglesia colonial o amplia avenida desierta…” p. 82 – Hotel

Empecé a trotar desde el kilómetro cero. No sé si fue culpa de mi tobillo aun en rehabilitación, de la brisa propia de una avenida que se extiende junto al mar o de mi almuerzo hipercalórico, pero apenas pisé la marca 1km tuve la necesidad de detenerme. Intentaba normalizar mi frecuencia respiratoria cuando, por la derecha, él se aproximaba corriendo. Decidí ignorarlo. Igual que aquella tarde de viernes en la feria de comida. Distraída, caminaba a comprar un postre. Entonces, sentado, almorzando solo en el lugar donde acostumbrábamos a comer “una vez al mes”, se metió dentro de mi perímetro visual. Si, en el exterior podía hacerme la loca ante su presencia… pero en el interior, durante cada desencuentro, tocaba mi fondo emocional.  

Pequeños post it repartidos por doquier confesaban sin pudor que una mujer está enamorada de él. ¿De dónde habrá sacado la idea de los mensajes en papel? Con ironía, me pregunté. Precisamente, quererlo más de la cuenta fue mi error. “Son esos sentimientos hacia mí que me hacen decir basta” alegó en alguna oportunidad… en el futuro, una tarde calurosa de lunes, comprenderé que aquella frase solo fue una excusa barata para deshacerse de mí. Porque no eres tú, soy yo quien nunca representé algo verdadero para ti, concluiré.  

Up in my lonely room when i’m dreaming of you, oh what can i do, i still need you, but i don’t want you now…


[Primera parte de dos]

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