domingo, mayo 4

De la muerte y sus dilemas.



¿Qué se debe sentir cuando se recibe una llamada desde lejos, para decirte que alguien se murió?

Me preguntó ya casi entrado el mediodía. A esa interrogante no podía brindarle ninguna respuesta efectiva. Es que en un cálculo comparativo entre los roles que he interpretado, la emisora de malas noticias muestra predominancia sobre la receptora de las mismas, especialmente en lo que al año pasado se refiere. 

¿Y si no siento nada?

Prosiguió a unos segundos de distancia desde su mensaje inicial. Se me vino a la mente el capítulo “dead inside” de Girls cuando Hannah, a diferencia de los otros personajes, no sentía conmoción ante la repentina y no bien esclarecida muerte de su editor. “Hannah, ¿por qué no le dejas sitio a una migaja de compasión humana básica en este mufin dietético de desapego sociópata?” fue el inteligente y divertido disfraz de pregunta que Ray articuló para juzgar a Hannah… y a mí. Porque si bien me considero poseedora de una empatía nata, el 2013 me volvió por una parte apática ante la tragedia ajena –algo entendible según el contexto y apego emocional- y por la otra, indiferente e impaciente ante las expresiones de dolor que muchos protagonizan. De egoísta podría tildárseme, interesada únicamente en el sufrimiento que siento –discretamente- desde agosto, que por casualidad, salió a flote un par de horas previas a ese intercambio de mensajes.


Todo porque mis audífonos actuales se dañaron. O al menos ese era el problema inicial hace un par de semanas cuando comencé a escribir esta entrada. Un problema grave en el mundo de una yonkie musical, limitada en aquel entonces por su status de peligro biológico por varicela, que le impedía salir a comprar un par nuevo. Dicen que momentos desesperados requieren medidas desesperadas y precisamente, por eso me pareció factible dirigirme hacia la mesita de noche que en vida perteneció a mi papá y buscar dentro de ella la solución provisional a mí circunstancia.

Es que durante mi estancia en el tercer lugar donde me tocó vivir en Puerto la Cruz, sufrí un robo. Mi vecina, una mujer maravillosa a quien consideré una madre en esa ciudad, advirtiendo mi calamidad decidió regalarme uno de sus tantos televisores. Tiempo después, ese artefacto fue embalado y destinado a hacer un bien mayor. Porque en las noches a mi mamá le gustaba ver talk show miameros mientras que mi papá prefería a Two and a Half Men, House o alguna película interesante. El asunto se resolvió al mejor estilo de Elvis Presley, anexando a su dormitorio otro televisor, el que alguna vez fue mío, al que mi papá le conectó unos audífonos, que por lo general también fueron míos. Así conformó esta colección de audífonos, que iban desde los desgastados del iPod hasta los nuevos de mi celular. 

Me senté en el borde de la cama dispuesta a iniciar una búsqueda que se frustró de inmediato. Sobre la mesita de noche reposaban los lentes y el anillo de bodas que mi papá usaba las 24x7. Aquello, lógicamente, pasó a off el interruptor de todos los mecanismos de defensa que a duras penas protegen mi Yo, no haciéndose esperar la secuela de mi estúpida idea: ahí, a mitad de mañana, afortunadamente sola dentro de casa, estaba yo, más pálida, con costras de varicela hasta en el cráneo, montando un show privado de lágrimas, mocos, gemidos y lamentos. 

Algo inevitable, supongo, toparme eventualmente con una que otra inoportuna llave dispuesta a abrir esta caja que cargo, al mejor estilo de Pandora, conteniendo todos los males de MI humanidad. Esa mañana sucedió. Todos los recuerdos oscuros fueron liberados y organizados cronológicamente en la siguiente secuencia vívida: mi papá indefenso en posición fetal, asfixiado por un endoscopio que revelaba en el monitor la enorme lesión cubierta por polimorfonucleares decidida a acabar muy dolorosamente con su vida. Mi breve ataque de pánico –no me diga eso doctora, por favor- y el posterior autocontrol emocional que nunca más me abandonó. 


El terror en los ojos de mi mamá ante la “metástasis” plasmada en el reporte de la tomografía abdomino-pelvica doble contrastada de mi papá. Mi amor y devoción contenidos en un plato de arroz o pasta con mantequilla y queso, que mi papá no podía terminar por culpa de su odinofagia. La serenidad de mi papá ante el veredicto final de 6 meses de vida que emitió la oncólogo y el pastelito que siempre quiso comer, pero no lo logró. La desesperanza que, aunque nunca dijera nada, pude ver en sus ojos mientras estábamos en Puerto Ordaz. Su perenne posición sentada con flexión del tronco sobre los muslos para apaciguar el dolor. El delirium que mi mamá ignoraba pero yo si percibía la noche previa a su partida. 

Auscultar su tórax sin ruidos cardiacos, cerrar sus ojos y darle un beso en la frente, asumiendo que mi costumbre de abrazarlo, hacerle peinados exóticos con mis manos y darle un beso en la coronilla en señal de paz, no podría hacerlo nunca más. La billetera que yo encontré escondida dentro de su zapato, evidencia de nuestra irrevocable conexión. La corona de flores y su olor mortecino. El sueño gélido e incómodo en unas butacas a pocos metros del féretro.  Ver el ataúd descender six feet under y con ella enterrarse mi deseo de esparcir sus cenizas por Caracas, Mérida y su amado mar. 

No sé cómo debería sentirse una persona cuando alguien conocido fallece. No sé si existe algún protocolo o si las frases cliché “recibe mi pésame/lo siento mucho” tengan algún significado para quien las emite, de seguro no para quien las recibe. No sé si sea una idea millonaria redactar un “tanatología para Dummies” o “muerto el pollo lista la sopa para el alma”… pero si sé cómo me siento tras la muerte de la pieza de rompecabezas que encajaba a la perfección con la mía. Y la respuesta es, a modo de comparación, una prensa que cada día comprime más y más a mi corazón.  

Mi papá, físicamente ya no está. Y a lo largo de estas semanas que necesité para escribir esta entrada, mis audífonos físicamente tampoco están.  Si bien los bolsillos vacíos de mi –bien doblada y aromatizada- bata me resignaron a sustituir al segundo, dady siempre será único e irremplazable en mi vida.  

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