sábado, marzo 22

De ser una ameba de vida libre.



GALLETA DE MARIHUANA, SE VENDE GALLETA DE MARIHUANA. Esa tarde no me sentía tan molesta y ofendida, como desesperada.  Pero no importa la voracidad del agujero negro que está consumiendo tus mejores sentimientos, escuchar en pleno Bangladesh –apodo cariñoso para el centro de Macondo, ciudad en la que vivo- a un vendedor ambulante exclamar semejante frase, te despierta hasta de la peor crisis de ausencia. De inmediato lo identifiqué entre la multitud, llevaba una cestica plástica verde y dentro de ella un montón de Sambas y Cocosette. Y no es que no me gusten esos tentempiés, es que asi tuviera chocolate, en ese instante de mi vida hubiese devorado un brownie de marihuana. O una de esas chupetas verdes de cannabis que venden en Amsterdan, allá cruzando el charco, donde quizás si podría ser de nuevo una ameba de vida libre. 

Nunca me he drogado. Ni mi estilo de vida se ha asemejado con el de un coco, la bacteria, no la fruta ni el objeto no identificado devorador de bebés que no quieren dormir por las noches –que por cierto, en estos días concluí que el coco de la canción si es una bacteria: duérmete niño, duérmete ya, que viene el Staphylococcus aureus y piel escaldada te dará; yo y mis hipótesis absurdas-. Me incomoda eso de andar en duetos, tríos, cadenas y otras choriceras from hell. Porque afrontémoslo, la mitad de las personas suelen ser aburridas o intensas y yo, una Naegleria fowleri, no tan peligrosa, aprecia la independencia de flotar libre por el espacio. Como, sin si quiera el notarlo, me lo recordó Byron

La primera vez que interactué con Byron uno de los estudiantes que rotó por la sala de hospitalización- decidí de ipso facto que también sería la última. Con dolo o no, le bastaron  menos de 30 segundos para hacerme sentir ignorante e inculta. Todo por mi pecado capital de no conocer a Lord Byron, nombre que me sonaba a personaje de X-men o Star Wars pero en realidad era de “el segundo escritor más importante de Inglaterra, después de William Shakespeare”. Llámenme picada, yo preferí evitarme más vergüenza con un perímetro de -mínimo- 100 metros de separación. 

Pero el destino suele comportarse como el borracho impertinente que decide ponerse al volante de la vida. Y lo corroboré un día cerca de las 2:00 pm cuando regresaba a casa con mi mamá. Habíamos firmado mil papeles que echaban sal a la herida más grande de mí ser: mi papá no vivo. Estaba acalorada, hambrienta y agotada física y emocionalmente. Quería bajarme del carro y correr hasta la playa, meter mis pies en la arena y dejarme arropar por la brisa. En medio de ese caos interno algo llamó la atención de mi retina. Si bien el sol era implacable, por aquella acera desierta caminaba un tipo con un bolso posado en su espalda y un par de audífonos que seguramente bombardeaban con música a todo volumen sus membranas timpánicas. La escena me parecía familiar, pues me recordaba a mí misma. Mi mirada permaneció fija en el retrovisor y en él se reflejó nada más y nada menos que Lord Byron.

En ese instante se concentró mi vida: veía un espectro de mi propio pasado, sí, porque hoy en día no puedo considerarme la ameba de vida libre que tanto disfrutaba ser.  Y no voy a mentir, hace meses que me siento como un animalito enjaulado, pero fue esa tarde cuando la realidad me abofeteó con mayor salvajismo. Quizás Byron no lo sospecha, pero fue el catalizador de mi inconformismo existencial, ese que a duras penas intenté ignorar. 

Desde entonces paso los días evocando con melancolía trazos de mi antigua vida. Atravesar la puerta de entrada a mi estudio y –propulsada por el calor… y los microorganismos patógenos del exterior- desvestirme mientras caminaba a la ducha. Quedarme envuelta en la bata de baño sin importarme los minutos, jugando con las arrugas de las sabanas, inmersa en mi taquipsiquia. Deambular descalza, en pantaleta y camiseta. Almorzar a la hora que quisiera, probablemente un sándwich de pollo, varias rodajas de tomate y papas fritas. Pararme en la ventana y mirar el mar. Hibernar sin perturbaciones dentro de mi pequeño cubo, que sin fijarme en el desorden, era el refugio donde podía recobrar mi paz.

Nunca fue un problema comer sola. Tampoco dormir sin una compañía que me defendiera de los fantasmas. Mucho menos llegar a casa y que nadie me preguntara como estuvo mi día. De hecho, cada uno de esos beneficios los extraño por igual. Cenar de vez en cuando un plato de cereal o de avena con canela sin calarme un drama Lupita Ferrer, seguido del discurso “mil razones por las cuales eso no es comida de verdad”. Dormir en el centro de mi cama matrimonial, estirar mis piernas, no dejar espacio para nadie más. Tener un día difícil fuera de casa y no estar obligada a hablarlo con nadie mientras finjo sonrisas vacías dentro de casa. 

Y aunque en estos tiempos he evolucionado de peatón a conductor, me hacen falta mis caminatas. Ya sea la mañanera hasta la parada o la vespertina hasta la panadería. O esa espontanea andanza hasta el Paseo Colón, inspirada por un cielo tecnicolor. Sin olvidar algunos fines de semana cuando caminaba hasta el centro para derrochar el dinero que no tenía, en artículos para hacer bisutería. En estas dos últimas era norma pararme un rato a contemplar el mar y a la gente paseando por ese boulevard primo hermano de Rio de Janeiro. En todas, mi iPod –fiel compañero de esas aventuras- reproducía el soundtrack que años más tarde adornará mis remembranzas.   

En pocas palabras, extraño ser libre, ser independiente, andar a mi ritmo, vivir a mi modo. Ser Angela. El problema radica en que no sé cómo encontrarme de nuevo y por más orgullosa que sea, confieso que necesito ayuda para ello.


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