martes, agosto 20

De ninguna boda y un funeral (Parte I)



Dady –físicamente hablando- ya no vive en nuestro hogar. Desde el sábado en la mañana su cuerpo mora a 7 kilómetros de distancia, dentro de una caja de madera cubierta por tierra y placas de cemento. No me gusta su nuevo domicilio. Tampoco me agrada en absoluto la claustrofobia que siento al pensar en esa mudanza forzada por un adenocarcinoma de esófago distal con metástasis hepática.

Diagnóstico repentino que nos sorprendió a todos por igual. Incluso a mí la médico del hogar, que si bien soy consciente de que nadie escapa del “posiblemente” padecer cáncer, suponía que el nombre de mi papá no figuraría dentro de esa lista… y en dado caso conociendo su antecedente –y más o menos hábito- tabáquico, hubiese apostado por un carcinoma pulmonar de células pequeñas y no precisamente por el tumor esofágico NO característico de fumadores. 

Era demasiado ilógico… tanto como estar cocinando un bistec salteado con vegetales y escuchar a mi mamá decirme: “mami, ¿podrías revisar a tu papá? Está durmiendo extraño”.  Sabía lo que encontraría al atravesar la puerta del cuarto de mis papás. Había concebido la fatídica idea desde el día que vi la lesión en la endoscopia. Mi papá, el hombre de mi vida, yacía sereno y sin signos vitales sobre su cama.

Mi serenidad en tan nefasto momento dejó absortas a las personas que con el pasar de los minutos fueron llenando la casa. Sin duda, una virtud heredada de mi papá y perfeccionada durante mis horas trabajando en la sala de emergencias. Autocontrol emocional que usé para decirle el veredicto final a mi mamá, iniciando su colapso nervioso. Calma que me sirvió para teclear el número de mi hermano y de tía Atanacia exigiendo que vinieran de inmediato. Tranquilidad que invadió mis venas de manera STAT mientras elegía la ropa que mi papá vestiría en su siguiente aventura...

[Primera parte de dos]

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