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sábado, agosto 11

De una divina comedia: el infierno gineco-obstétrico.

Elegir un título para cualquier post de mi blog puede llegar a convertirse en otra de mis incontables conductas quisquillosas. Por ejemplo, inicialmente pensé titular este escrito como uno de los cantos de La Odisea pero recordé que odio a su insoportable protagonista Ulises –la cuestión de que el tipo se embarque en un viaje de duración MUY LARGA, con destino MUY LEJANO y someta a su esposa a una agonizante espera nunca me ha caído en gracia… MUCHO MENOS estos días. Preferí entonces la palabra comedia, como bien lo aplicó Dante muchos años atrás a su obra, porque no podemos hablar de una tragedia cuando el final de mis relatos correspondientes a estas semanas, será feliz. 

Contrastando con Dante, mi relato no tiene un orden sucesivo de actos y acontecimientos pero si un personaje principal adquirido en la vida real; mi historia trata de un paciente femenino –yo- cuya edad es mejor no enumerar –porque una verdadera dama no dice su edad-, que inicia contracciones uterinas dolorosas, disculpen, que inicia sufrimiento rotatorio gineco-obstétrico agudo hace 6 semanas, el cual fue aumentando en frecuencia e intensidad, motivo por el cual acude a este blog donde se evalúa e ingresa.
Todo ocurrió en el transcurso de 6 semanas durante las cuales me vi obligada a recorrer 5 servicios gineco-obstétricos donde permanecía no mas –pero si menos- de una semana, con 8 guardias intercaladas y, no menos importante, rodeada de criaturas cuyo comportamientos psicópatas y bipolares no dejaban de sorprenderme. A continuación una breve bitácora del recorrido:
Prenatal: muchas mujeres embarazadas + muchas doctoras inútiles + especialistas bipolares = CAOS. Si usted quiere hacer las cosas bien, este es el lugar INCORRECTO para ello. Si usted aplica las maniobras de Leopold según la bibliografía, aquí es al contario. Si usted aprendió a llenar la historia prenatal como lo dice… la misma historia prenatal –DAH- aquí debe hacerlo al contrario. Si usted da los buenos días en las mañanas porque es de mañana –doble DAH- aquí usted debe decir todo lo contrario –buenas noches, supongo.
Las Garzas: donde me lucí como la ROCK STAR que soy en una revista del servicio en la que, rodeada por mis fieles compañeras de último año, niños del decimo semestre, residentes, internos, mi por siempre admirado Acuña y 2 especialistas más fui repentinamente interrogada:
Tu, la que esta asintiendo acerca de hidratar a una paciente con anemia drepanocitica, dime qué es eso… y fisiopatológicamente que es lo que pasa… y por qué hay que hidratar… y cuál es la principal complicación… ¿crisis vasooclusiva? ¿Cómo se come eso?
Y cada pregunta recibió una respuesta formada en mis cuerdas vocales y emanada con muchísima seguridad e incluso desafío. Todas las miradas estaban sobre mí, la del especialista desconocido quien sonrió satisfecho, la de Acuña quien me miraba orgulloso y la de la especialista-detective de la CIA quien exclamó:
¡Muy bien, felicidades! Tenemos una médico internista entre nosotros, ¿te gusta la gineco-obstetricia?
Me parece una especialidad bonita, pero no es lo mío… dije con amabilidad y serenidad, generando en el especialista desconocido un comentario que me sonrojó:
Muy buena respuesta, muy diplomática. Te felicito hija.
Sala de parto: una sucursal del infierno con sutiles adaptaciones humanas: no huele a sulfuro, pero si a liquido amniótico + placenta + miércoles por la tarde. El diablo viste de mono, gorrito de chef, lentes rectangulares y tiene cara de ass femenino. Los subordinados o INTERNOS DE PREGRADO, deben hacer todas las tareas sin descanso, entiéndase esto como simultáneamente realizar una episiorrafia, asistir el legrado e interrogar a la gestante. Todo es motivo de tortura ahí dentro, usted está embarazada a los 15 años, le sale tabla; usted está embarazada a los 35 años, le sale tabla; es su primer hijo, le sale tabla; es su quinto hijo, le sale tabla. Grita mucho durante una contracción uterina, le sale tabla. Pregunta que le están poniendo a través de la vía, le sale tabla.
Puerperio: no representó un desafío… hasta el día que hobbit amorfin regresó de su viaje/congreso/actualización/sala de bronceado y decidió asignarnos un martes –de sala hasta el mediodía, higiene mental de 2 a 6pm y guardia de 7pm a 7am- dos seminarios para… EL MIERCOLES SIGUIENTE. No se preocupen, su adorable protagonista –yo- sobrevivió muy exitosamente.
Ginecología: un mediocricarcinoma –entiéndase como mediocridad + carcinoma- invasor. Porque mediocridad es cuando un idealista expone:
¿Pero cómo es posible que a toda miomatosis uterina le realicen una histerectomía total? ¿Entonces no hay más tratamientos? En los hospitales donde yo laboré variaban las actitudes… por cierto, vamos a pasar una carta para mejorar la situación en quirófano, vamos a exigir los “fufufu, fufufufufu” y también los otros “fufufu, fufufufufufu” para tener nuestros aparatos.
Y le respondan con un:
¿Para qué hermano? Así son las cosas en el servicio, y así seguirán, no inventes tanto.

jueves, abril 19

De un dia libre, neonatologeando (un poco).

Hoy fue 19 de abril y no me entusiasma [re]conocer lo que sucedió el 19 de abril de hace sopotocientos años. Incluso cuando predico que debemos “conocer de dónde venimos, para saber hacia dónde vamos”, la proclamación de la independencia en mi país parece ínfima en comparación con lo que celebro en la actualidad: UN DIA LIBRE DE MI RUTINA PEDIATRICA.

Un día libre para… estudiar más pediatría. Y aunque ya no recuerdo absolutamente nada de lo que leí hace 3, 5, 7 horas, no puedo evitar pensar en:


MOTHER OF GOD

¿Quien estaba reanimando de esa manera al nené? ¿Hannibal Lecter y Depredador?


sábado, abril 14

De pediatria III [primer acto].

Durante una de las infructíferas terapias con la wannabe psicoanalista –una médico familiar de la universidad que decidió no referirme con la verdadera psiquiatra- me encargó la siguiente tarea: “vas a hacer un listado de cosas que te gusten y que no te gusten para la próxima sesión”. Yo, una niña responsable le pregunté cuan larga debía ser, a lo que ella respondió “como tú quieras, puedes colocar todo lo que te antojes”. Acepté la sugerencia y el siguiente miércoles le entregué una hoja tamaño carta, escrita por ambos lados, resumiendo un poco lo que me gusta y lo que no…

ESTO HABLA MUY MAL DE TI… ESTO ESTÁ MUY MAL… ERES UNA PERSONA METICULOSA, PERFECCIONISTA, TODO LO DETALLAS… NO, NO, NO, ESTO ESTÁ MUY MAL Y DEBEMOS TRABAJARLO

La wannabe tenía razón, soy una persona perfeccionista, meticulosa, detallista y por consiguiente inconforme; rasgos personales que me enorgullecen y además, diferencian del humano promedio. Esos mismos rasgos fueron un problema en nuestra relación médico-paciente: ella dejó claro lo tanto que quería erradicar mis peculiaridades –seguramente para convertirme en una mediocridad ambulante como ella- y yo renuente a cambiar lo que considero virtudes, evité una acalorada discusión, me paré del sillón y nunca mas volví a su consulta.

Desde que inicié mi internado de pregrado, los efectos adversos de estas cualidades se han agudizado dramáticamente, ¿y cómo no? Si al parecer 80% de las personas con las que convivo en el hospital, son mis dignas antítesis humanas. A continuación, le relataré los tres hechos –iniciales- que han marcado mi paso por pediatría III.

Sala. Hospitalización pediátrica es el sitio al que acudo todos los días a las 7am desde hace dos semanas, un pedacito del mundo de los niños que he aprovechado y disfrutado incluso cuando prácticamente trabajo como residente –horario incluido. Cada día, subo 5 pisos por las escaleras y sin importar la falta de aliento, me armo con una sonrisa y mucha camaradería para visitar las habitaciones del lugar. No hay niño que me mire “rayao” –como diría Andrés López- y cada uno se ha dejado examinar –por mi- sin problemas mientras me roban el corazón con sus sonrisas.

¿El problema de sala? Evidenciar entre mis compañeros de clases, actitudes poco adultas [insolencias, malcriadeces, impuntualidad] y especialmente lamentables cuando faltan escasos meses para graduarnos de médico cirujano [apatía, abulia, flojera, impuntualidad, desinterés, malhumor]. Sin embargo, sus comportamientos repudiables me han hecho sentir sumamente orgullosa de mi por no parecerme en NADA a ellos.

La guardia. Para no perder la costumbre de internarme a trabajar dentro del hospital en víspera de carnaval/semana santa, mi primera guardia de pediatría –como interna de pregrado- transcurrió durante las 24 horas que dura un domingo cualquiera –antesala a semana santa. Desde las 5:15 am, hora a la que desperté, inicié una cosecha espiritual de paciencia, entusiasmo y buen humor, porque esa es la clave del éxito cuando trabajas con niños, sus padres y demás familiares.

¿El problema de la guardia? la residente de primer año, personaje encargado de convertir aquella experiencia, en un evento traumático para mí, los pacientes y sus familiares. Era inadmisible cada proceder de esa mujercita del infierno, cuyas especialidades eran: hacer UN ingreso en DOS HORAS Y MEDIA -para disfrazar la evasión a atender pacientes-, maltrato verbal a los familiares y menosprecio hacia nosotras que adelantábamos gran parte de su trabajo.

Los diagnósticos sin precedentes: lo mordió una burra, rodó por el cerro con el perrito que la iba a morder, se tomó una papeleta de Campeón, se tomó un frasco de Naproxeno, tiene un año y se lanzó desde la platabanda, son tan solo algunos ejemplos. Mis decisiones sin precedentes: suturar a la niña que nadie quiso suturar, examinar cada paciente y encargarme del tratamiento de algunos pidiendo permiso a mi superior quien me regañó por mi proactividad –aun cuando apoyó mi plan.

El caso clínico. Una experiencia que me llevó a concluir lo siguiente:

Número 1: Luego de 5 horas sentada en un salón de clases escuchando los pobres testimonios de mis compañeros acerca de sus casos asignados y las múltiples interrupciones de la doctora, supe que, sin importar la cantidad de dinero que me ofrezcan, yo no podría sentarme tantas horas y aplaudir la verborrea maniaca del presidente.

Número 2: ya no debo sorprenderme del desinterés crónico que brota de mis compañeros. No interesarse en visitar al paciente –para reafirmar lo que decía la historia clínica-, ni interesarse en presentar un buen –y bonito- caso clínico y mucho menos mostrar interés en contribuir a pagar el videobeam o la impresión de trípticos, me provoca lástima de la vulgaridad e insignificancia que los caracteriza por igual.

Mientras tanto:

jueves, abril 5

De comenzar la cuenta regresiva.

Apenas disipé la horda de walkers que se acercaba torpe –pero decidida- hacia el granero de Herschel, supe que el final de temporada de The Walking Dead saciaría toda mi sed por el survivor-horror. La sensación de peligro inminente y la alta dosis de adrenalina irradiada por cada uno de los personajes, solo incrementaban mi nada convencional emoción ante la posibilidad de un fin del mundo –maya o el primero que se antoje- al mejor estilo de apocalipsis zombie.

Nunca he sido asidua a los videojuegos, razón por la cual en vez de jugarlos durante mi época preescolar-escolar-adolescente, prefería instalarme frente a la televisión y mirar atenta como mi hermano facilitaba la supervivencia de Leon Kennedy, dentro de una ciudad infectada por zombies. Justamente así nació mi fanatismo hacia estos seres que libros/películas/videojuegos/series han sabido venderme como criaturas situadas en un eslabón evolutivo indeterminado –y desconocido por Darwin- donde no están muertas, pero tampoco vivas y el “ser o no ser” parece representar un verdadero dilema.

Exactamente esa es la mejor etiqueta que he podido encontrar para mi 12vo semestre académico, un eslabón perdido entre un final que no llegaba y un inicio que se apresuraba. Entiendo que les parezca exagerado, pero fue así como transcurrieron los acontecimientos en esta oportunidad, mi carrera jugando al escenario apocalíptico, el semestre 12 un zombie casi Némesis, y yo una flacuchenta –A MUCHA HONRA Y QUERIENDO SER ASI FOREVER- con limitadas armas para defenderse.

La historia de hoy inicia con su adorable protagonista –yo- enterándose de algo muy importante: el penúltimo evento de mi carrera estaba recién arribando a mi vida. Los escalones hacia 4to piso parecían haber doblado su número, mi taquicardia refleja se disparó e inicié mi protocolar contracción de glúteos mayores para que todo saliera bien. Y creo que obtuve buenos –decentes- resultados al mirarme en el puesto #42 –entre más de 100- para inscribir mi INTERNADO ROTATORIO DE PREGRADO.

El día de la inscripción llegó, un lunes tipo florerito en el medio de muchos pendientes con psiquiatría. La mala organización del otorrinolaringólogo demente –jefe del departamento que suscita estas inscripciones- se hacía notar desde tempranas horas de la mañana y alcanzó su clímax a la 1pm, cuando entraron a inscribirse los alumnos de la última tanda del día, entre ellos estaba yo. Varios ataques de pánico y mucho agotamiento suprarrenal después, entregué mi planilla de inscripción la cual FUE ACEPTADA.

Mi momento efímero de victoria, paz y felicidad fue arruinado cuando entendí que iniciaría mi “último año de pregrado” mientras mi 12vo semestre, pautado para finalizar el viernes de esa semana, se prolongaría varios días mientras desempeñara mi nuevo rol como interna de pregrado. ILUSA, me dije, recordando los múltiples escenarios perfectos donde triunfadora, le decía adiós al semestre 12, descansaba un microscópico fin de semana y ese lunes, superada la abulia y recuperado el sueño REM, asistiría a mi primer día como “casi casi doctora”.

***

El jueves me encontré obligada a visitar mi universidad con motivo de buscar algo que me pertenecía, como todos saben desde hace varios semestres el hospital es mi casa de estudios y desde entonces evito visitar el campus ya que, cada vez que interactuó con los seres que ahí laboran, termino malhumorada. Sin embargo, tan pronto pasé por el lado de “La Moneda” -¿estatua? poseedora del mito “no pases por debajo porque no te gradúas” y cuyo significado real es desconocido por mí- supe que este día todo sería diferente.

Sillas por doquier, tarantines con fondos utilizados para la trillada foto de graduación y gente acelerada decoraban la plaza central para el evento más anhelado de todo universitario: la graduación, en este caso de 800 nuevos profesionales para la república. Como incorregible espectadora activa de la realidad subí hasta el decanato y desde ahí me deleité con el escenario. No exagero cuando les digo que se me aguaron los ojos y que mi piel se erizó al imaginarme subiendo los interminables escalones de la biblioteca, para que me entreguen el papel que dirá: Angela es médico cirujano.

Y aunque ese día no fue mi graduación, es emocionante saber que ese momento se acerca a galope veloz. Me conmuevo y complazco en decir que ha comenzado el conteo regresivo para convertirme [mas] en médico cirujano de la republica de Venezuela.

Pronto título, pronto, falta poco.

sábado, marzo 10

De que en un año, si Dios y la vida lo permiten, yo celebraré este día.

La relación entre mi carrera y yo siempre ha tenido una predisposición bipolar, alternando periodos maniacos –ya saben, euforia insípida/alegría excesiva/optimismo patológico- con periodos depresivos –la típica labilidad emocional con tendencia al llanto/hipersomnia/ideación suicida. Es una relación llena de bajos y altos, que transita por un camino lleno de pétalos de rosas, pero de sus espinas también.

Como puede suceder en cualquier relación de dos, más de una vez le he dicho ¿Por qué no puedes ser como las otras? Pero ella, regia, ha decidido hacer caso omiso. Inevitablemente hemos tenido muchos encontronazos, en los cuales le digo que la odio y me arrepiento de haberla elegido como compañera de vida, y ella ni tonta ni perezosa, se desquita a través de algún desalmado doctor(a)/examen/rotación.

Lo importante es que como cualquier 1+1=2, entre nosotras, siempre llega la reconciliación.

El que ofende escribe en agua, el ofendido escribe en piedra, razón por la cual, no puedo dejar pasar la oportunidad de reclamar, por esos días cuando no lograba dejar mi refugio entre las sábanas, por miedo a esos nuevos monstruos disfrazados de libros, que tú misma dejaste bajo mis dos camas.

También haré referencia a que son muchos con los que compartes esta relación, pero te recuerdo que entre ellos muy pocos te aman como yo. Y si bien en muchas oportunidades he colapsado, llorado y caído dentro de una gran desesperación, mis ansias de conocer tu anatomía, tu fisiología, tu fisiopatología y tu semiología, han sido mi mayor estimulación, pues nunca conformarme y siempre de alguna u otra manera descifrarte, es mi mas fuerte convicción.

Me llamaste incongruente afectiva cuando preinscribí mi internado rotatorio de pregrado hace unos días, hoy te confieso que mi emoción, como el aplauso, van por dentro, y que mi poker face es tan solo un amuleto. Te confieso que la felicidad está, porque pronto, si la vida y Dios lo permiten, Angela médico cirujano será.

***

Feliz día a todos los médicos cirujanos que han desempeñado con honradez, esfuerzo y amor su rol en la vida. Esos médicos cuya humildad les recuerda día tras día, que son simples instrumentos de esa energía pura u divina que nos gusta llamar Dios. A ustedes los que saben que la insulina tiene mayores concentraciones por las mañanas, que sienten empatía por el paciente y su familiar, y que ignorando la mediocridad ajena, siguen realizando su trabajo como los libros mandan, es decir, con dignidad. A ustedes, solo a ustedes, les deseo un feliz día del médico.

Sin importar lo malo, lo bueno siempre prevalece, y es por eso que si yo volviera a nacer, a ti medicina, te vuelvo a escoger.

domingo, febrero 5

De cirugia III [Otorrino y Oftalmo]

Era martes en la mañana cuando mi iPod –exacto conocedor de mi sistema límbico- decidió burlarse de mí al reproducir el “I'm having such a good time, I'm having a ball don't stop me now, If you wanna have a good time just give me a call” de Freddie Mercury, mientras yo pasaba un NO tan “good time” esperando a que el otorrinolaringólogo demente decidiera despertar, limpiarse las lagañas y manejar hasta el razetti donde debía pasar una consulta a las 8:30am –pero que no sucedería antes de las 10am- y a la que, obligada por el plan evaluativo de cirugía III, yo tenía que asistir.

Sin más opciones, invertí esos malgastados minutos de mi existencia en analizar temas profundos de la humanidad. Inicié estudiando al encargado del cafetín donde transcurría mi espera: un peruano, con cara de peruano, acento peruano y cuya decoración del lugar, oscilaba en torno a un afiche gigante de Simón Bolívar. Cuidado que no me di cuenta, APU, que eres de India solo porque tienes una bandera inmensa de USA tras el mostrador. Luego de detallar el retrato de Bolívar concluí lo obvio:

De nacer en la época colonial –esos años que no se especificar y que etiqueto con vestidos grandotes, pelucas y guerra- hubiese sido solterona o lesbiana, es que yo no puedo estar con un hombre que usa leggings blancos y posa de manera poco masculina.

Superada mi reflexión sobre los hombres de antaño muy afeminados, volví a mi realidad: Cirugía III, fuerte candidata al premio “rotación más absurda de mi carrera” hasta el lunes, cuando se convirtió en ganadora absoluta luego de que en plena transición examen de oftalmología-examen de otorrinolaringología, entrara al salón un ogro disfrazado de profesor quien, con mucha convicción, exclamó algo que colapsaría a mi pobre órgano de Corti:

“Este fin de semana estuve corrigiendo sus evaluaciones y todos obtuvieron 9 y 10, lo cual me pareció sospechoso y solo puedo pensar que se copiaron, así que todos tienen 0.”

Inicialmente, tal frase me causó gracia e incluso durante unos minutos, esperé a que Ashton Kutcher y su equipo de camarógrafos hicieran acto de presencia y gritaran you've been punk'd. Sin embargo, mi espera solo abrió paso a una gran consternación. Ser acusada de copiona por aprobar un examen con 10/10, fue sin duda la gota que derramó el vaso lleno de la mediocridad y pobreza mental, que muchos de mis profesores hacen notar semestre tras semestre.

A ciencia cierta, aquella situación absurda no debía sorprenderme en lo absoluto, pues, cirugía III se ha caracterizado por ser una rotación repleta de circunstancias poco convencionales, que abarcan desde avisos de clases tan solo 10 minutos antes de su comienzo, diapositivas con fotos del viaje por Europa de un doctor/profesor bueno para nada y, no menos memorable, el examen de oftalmología con preguntas como:

La__________ es______________ de la visión _____________ que mide el ángulo _________ por lo tanto es diferente de la alteración ___________.

La mala noticia es que aun, esta rotación convertida en pesadilla, no llega a su final. La buena noticia es que el despertar de esta rotación convertida en pesadilla está pautado para el próximo martes. El “pero” es que ese mismo final debió acontecer anteayer.

domingo, enero 15

De la primera conato de semana académica 2012.

Siempre he pensado que el mayor índice de síndrome depresivo postvacacional, se ubica al final de las fiestas decembrinas, ¿y cómo no?; Prácticamente pasas un mes viviendo dentro de una burbuja donde suenan gaitas, titilan luces de colores, comes hallacas y pasas horas en familia. Un universo paralelo cuya atmósfera protectora se constituye de unas partículas alegres que, durante tu estadía en el, impiden penetrar los rayos de REALIDAD.

Ese martes, mi síndrome depresivo postvacacional se agudizaba en relación directamente proporcional al paso de las horas. En mi mente, no había lugar suficiente para los pensamientos reconfortante, pues mi capacidad evocadora se limitaba a: el sol penetrante, el calor agobiante y el –alérgeno- olor a refinería de Puerto la Cruz; los doctores bipolares, las cátedras interminables, las evaluaciones de otorrinolaringología, oftalmología, medicina del trabajo y sexología médica; el enigma del Chi Cuadrado y el curso de METADATO; el enero del año anterior y el trauma que causó en mi.

A pesar de todo eso, logré –forzadamente- empacar mis cositas, dormir casi 3 horas, y viajar de regreso a la ciudad que alberga mi casa de estudio –y mi casa tipo estudio. Lugar donde, pasados pocos minutos, reiniciaba mi repetitivo proceso de adaptación al mundo real vistiéndome presentable –no pijamas-, fingiendo tener colores –cuando gris es todo lo que hay…- y valiéndome de sonrisas sociales –mucho peor que la de los bebés- para enfrentar el primer conato de semana académica del año.

En el transcurso de 3 días, que en realidad fueron dos días y la mitad de otro, sucedieron varios acontecimientos resaltantes:

Acontecimiento #1: haciendo caso omiso de la cantidad de labores pendientes, decidí prestar ayuda a quien más lo necesitaba: dos desconocidas, estudiantes de 3er semestre de medicina, desahuciadas. No exagero, lo único que había escuchado acerca de esos dos seres fue el “una es la sobrina de mi amiga” exclamado por mi mamá, y la triste y común historia portocrucense de las cuales eran víctimas: dos estudiantes, inquilinas de unos sociópatas que deciden de la noche a la mañana, vender el apartamento donde vives, y botarte por las buenas… o por las malas.

Angela, tu has vivido esa situación, es tiempo de que retribuyas algo a la vida… y así controlé mi naturaleza ermitaña y perezosa por una hora aproximadamente, mostré el lugar donde vivo y… desocupado el tipo estudio debajo del mío, logré convencerlas de alquilárselo a mi arrendador; esto quiere decir que tengo vecinas nuevas y que quizás, podría dedicarme a corredora de bienes y raíces en algún momento del futuro.

Acontecimiento #2: no tuve exámenes, están pautados para mañana y si se lo preguntan, son casi las 3 de la tarde del domingo, y no he estudiado nada. Dios proveerá…

Acontecimiento #3:

Traducción: esta semana a punto de iniciarse, debo llevar mis papeles al departamento de ¿último año? Para que, la semana siguiente, ANGELA INSCRIBA SU INTERNADO ROTATORIO DE PREGRADO.

¿Emocionada? Si. ¿Aterrada? Más aun. Hay ciertos factores que amenazan la armonía de este internado rotatorio y, además, quieren dificultar mis planes soñados. Intentaré mantenerme cool y redactar en las próximas semanas los resultados de todo esto.

Deséenme suerte para que todo salga bien.